El ventanuco

Ventana de piedra
Cuando apareció agrietado el vidrio del ventanuco que dejaba entrar la luz al lado de la puerta principal, el jardinero y la doméstica se repartieron las culpas; como la rasgadura se seguía corriendo, con peligro para las manos de cualquier distraído, se impuso la necesidad de cambiarlo.
Concurrí entonces a la vidriería del barrio. Allí no tenían el cristal traslúcido que buscaba.
Un vecino comedido me dio la dirección de una nueva vidriería, ubicada a unas pocas cuadras.
El negocio, de tan nuevo, aún no tenía las mínimas comodidades; carecía de un mostrador, los vidrios estaban a la vista, igual al lugar donde los cortaban.
Lo regenteaba un joven muy simpático y comprador, que comprendió de inmediato lo que le requería, pero tampoco poseía el material que solicitaba.
Fue entonces que, como de la entrada se divisaba todo el establecimiento, vi un espejo alargado, casi del tamaño que solicitaba. El vidriero, para complacerme, se ofreció a mostrármelo. Era un retazo que le había quedado de antes.
Me explicó que poseía una vidriería en la ciudad de Bohemia, de donde provenía. Había venido por razones familiares a estos pagos y como no pudo repatriarse, sus familiares le ayudaron a reinstalarse en el barrio.
El tal espejo, no era tal, sino un vidrio especial de aquella ciudad, que según del lado que se miraba semejaba un espejo; del otro, un vidrio común. Ese pedazo, en especial, le había quedado de un encargo, realizado por un mago de un circo, que hacía paradas en cada ciudad que cruzaba. En esa oportunidad, debió reparar una cámara de trucos, que hacía desaparecer personas.
Pudimos llegar a un acuerdo con el precio.
Lo instalé en el sitio del roto y comprobé que desde adentro podía ver con toda claridad las personas que pasaban por la calle; de afuera funcionaba como un espejo, donde muchos paseantes se detenían para comprobar su peinado o los chicos a hacer gestos.
Adquirí la costumbre de espiar hacia el exterior, cada vez que estaba cerca de la puerta, sabedor de que no podrían verme.
Así noté que últimamente andaba por mi cuadra gente de lo más extraña.
Vi pasar asiduamente a un señor, que antes nunca había visto, con un turbante en la cabeza, y de un color distinto cada día.
Además, una mujer llevaba todos los días su hijo a la escuela; lo extraño es que cada vez que la veía, el niño…, no era el mismo.
Lo que más me llamó la atención de estos nuevos personajes, fue cuando transitaban discutiendo siameses unidos por el hombro, dándose cachetadas con sus manos libres. Fue impactante.
El colmo ocurrió cuando cruzaron frente a mi puerta, una señorita maestra y sus educandos, todos de guardapolvos blancos. Pero, al alejarse, vi con sorpresa y consternación, que todos ellos sólo llevaban cubiertos sus cuerpos por delante, Dejando ver sus espaldas totalmente al aire. Y pude comprobar que eran enanos.
Entonces corrí a abrir la puerta, porque no podía creer el cuadro que presenciaba.
Pasaban los conocidos niños que iban a la escuela cercana ¿Cómo era posible que la procesión de enanos en tan poco tiempo hubiera desaparecido?
Miré extrañado el vidrio espejado; éste me devolvió mi imagen. Confundido, entré nuevamente en mi casa y alcancé a ver al último enano que me saludaba. Fue entonces que toqué con mi mano el vidrio.
Y aquí estoy, sin saber cómo dejar este circo trashumante y volver a la paz de mi hogar.

(Luis Alberto Guiñazú)

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