Pasaje tétrico

Miedo
Sombra en la sombra nocturna, una mujer se arrastra por la calleja tétrica. Sigilosa, deja en el suelo un fardillo y desaparece taciturna, sin volver la cabeza.

Está vivo el bultito y exhala un vagido sutil, como lamento de pajarito friolento que busca su nido. Los muros, la puerta, las piedras de granito duro, escuchan el trémulo llamado.

Con temblor habla de él la ventana al rojizo fanal abierto como una llaga en eí corazón de la calle, y el viento que pasa, a la estrella inmortal y al cielo que todo lo olvida en su altura.

El grillo susurra con sordo escalofrío a la cloaca:

“’Un niño está allí, en el fondo; un niño se muere sobre el empedrado! La misma que lo trajo al mundo, por hambre o por vergüenza, lo ha arrojado al fango.”

¿Por qué? ¿Qué ley horrible es esa que así ahoga el instinto materno? ¿Qué venda te ciega, madre? ¿Qué tenaza feroz te retuerce así el corazón, esclava de los hombres?

El débil gemido que pide la madre y la cuna, se hace sollozo y estertor. Y la calleja mira con ojos desencajados morir al niño en el seno de la noche impotente que se va, llena de llantos no llorados, de angustias no dichas, de terribles desdenes mudos.

Quiso, pero no pudo, salvar a aquel harapito humano. En vano se afligieron las tinieblas suplicantes. Ahora los astros se apagan en el primer temblor del alba que derrama ceniza en el cielo. Las puertas se abren y las mujeres aparecen en el lugar por donde, fantástica y descolorida, pasó la muerte.

Como un harapo que obstruye el paso, aparece en la luz el desconocido. Está desnudo, está solo, más leve que una sombra. No tiene ni madre, ni casa, ni cruz. ¡Recógelo tú, trapero!

(Ada Negri)

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