La farola y el banco

Banco y farola El banco donde te esperé cientos de veces me ha preguntado por ti. Se le han marchitado algunas bisagras, y se arrastra en medio del parque con una tristeza alarmante. Pero no sé qué responderle. No sé dónde estás, ni si vendrás a renovarle los votos, a enseñarle tus manos otra vez. No lo sé. Y en el absoluto silencio que provocas, el banco, y la farola, siguen cuestionándome, incansablemente me escupen la cara, y se encargan de recordarme mis miedos.
La farola ya no alumbra, y aquel espacio ha envejecido sobremanera. Es gris, solo gris en todos y cada uno de los días que le faltas. Pero yo no puedo hacer más, intentar detener el tiempo alguna vez, sin que se de cuenta, y engañarlo, igual que hago conmigo, aunque termine por morir de inanición.
Ya me cansé de las mariposas de mi ventana, y de las voces calladas que intentaron salvarme alguna vez. Me voy a cerrar los ojos, y la mente, e intentar solventar la marea. No me creas banco, ni farola… no me creas, pero lo voy a intentar.
Entiendan de una vez y por todas que tengo las manos atadas, en el mismo banco, contra las mismas manos, que soy demasiado débil para empuñar la espada, que me debato en laberintos sin salidas, que tengo miedos infundados, que no soy valiente, ni inteligente, ni corro riesgos como debiera. Soy, lamentablemente, como no quisiera ser.

(Melissa)

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