La cadena de la campana

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No era precisamente el patio.
Ni sus lozas verdes húmedas.
No era la ventana enorme hacia el cuarto amarillo.
No eran los macetones de helechos selváticos ni la garra de tigre.
Tampoco los nidos de golondrinas.
No los gorupos.
No el píar de las avecillas desde el nido.
No.
No era.
No era el comedor con la mesa redonda.
Ni el correr sin parar dándole vueltas y vueltas.
No era tu cama que era gemela a la mía.
No era que nos vestían iguales.
Ni que usamos las dos juntas al mismo tiempo nuestras alas de estaño plateado y plumas naturales.
No.
No era que vimos aquella pequeña luz al fondo del pasillo en una tarde de julio.
No era la carrera infantil de la cocina a la terraza.
Ni el ir a buscar el salero.
No era que por ejemplo, tú gritabas espérame o que yo, de bruces te dijera: no puedo.
No era eso, no.
Ni el olor del hospital.
Ni el sabor de la aspirina.
Me-jo-ra-li-tos.
No era eso Bebe.
No fue la lavadora ni el brinco desde la escalera.
No eran los pisos de barro.
Ni el cuarto azul.
No fueron las máscaras ni los pisapapeles.
No fueron los platillos ni los postres.
No las cortinas deshiladas.
No la voz de entonces ni la cadena de la campana junto a la puerta.
No era la aldaba.
Ni nuestros juguetes.
No fui yo.
Ni tampoco era tu miedo a los gatos.
Nos dimos siempre muchas señales.
Tus sueños inequívocos y el café con leche.
El pan.
Dime por favor cada vez cuando las monedas apretabas en la mano.

(Amaranta Caballero Prado)

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