Escaleras

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La extraña sensación de haber muerto
en Viena, una tarde de otoño de 1992,
en una casa cuya escalera nunca subí.
De ser desde entonces un intruso, un farsante,
el actor sin futuro de una mala comedia.
De que el destino, implacable y rastrero
se ha vengado en la larga noche de un hospital,
en las horas vacías que trato de llenar.
Inventar, no heterónimos como hizo Pessoa,
sino algo más simple, al hombre que ahora escribe,
la mediocre constancia de sus hechos,
mientras, insistente, me tienta la idea de volver,
de subir de una vez los escalones, de llamar a una puerta.
Pero ¿quién sabe si todavía una historia peor,
un horror más nítido me espera allí,
al final de la escalera, frente a la imaginada puerta?

(Al final de la escalera, Juan Luis Panero)

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