Engaño

En ruta

Yo seguía mirando para afuera por la ventanilla. Algo —quizás el fantasma de Ovidio— me advirtió en mi interior que, si yo lo miraba en aquel momento, si yo lograba presenciar con mis propios ojos la caricaturesca escena en la que mi bello durmiente gruñía a sus anchas con la boca abierta, ya sin ningún misterio (porque hasta las amígdalas se le exhibían impúdicamente), quedaría curada para siempre de su embrujo. Volvería a ser libre, lo vería como a un hombre ordinario, regresaría a mi propio ser como si aquel encuentro jamás hubiese sucedido.

Pero yo, por supuesto, no lo quise ver así, desarmado y humano, roncando como un patán cualquiera. Me quedé insomne y aterrada, mirando por la ventanilla de aquel autobús. Porque Ovidio será un sabio, ciertamente, pero los remedios solo sirven para aquellos que han sufrido hasta el fondo las enfermedades.

(Gabriela Onetto)

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