El crucifijo

Cristo
Mares sin sentido se desbordaban
Un silencio inquebrantable
Una idea inmortal
Una sombra perpetua.

Mire tímida, con la vergüenza a cuestas
El crucifijo que en la pared de tiniebla
Ya lo envolvía la sutil telaraña
Que si bien a la mirada engaña
Se adueñaba de mis ideas abstractas.

Callé entonces el silencio de mi estupidez
Mientras el vomito desagradable de un olvido
Alcanzo a repugnarme la sensatez en la que creí haber vivido.

Caí entonces de rodillas, temblorosa y fría
Cayeron en tierra las amargas gotas
Que hablaban de aquellas historias
Que jamás salieron de mi boca.

Sentí un helar en mi garganta
El impedimento total de la voz perdida
El escalofrío le echaba sal a la herida
Mientras mi alma desnuda Su sangre perdía.

Me dirigí a sus ojos, creí que ahí estaba
Que mil palabras en su mirada consumaba
Pero seguí sin entender
Creo que mi falsa conciencia me segaba el comprender.

Permanecí allí en un tiempo abstracto
Minutos, horas, se aleja de mi real tacto
Me miraba en su perfecta infinidad
En el comprender imposible de su inmensidad.

Pude haber dicho muchas cosas pero decidí callar
Me dijo demasiadas y ni si quiera tuvo que hablar
Solo inundo de luz la habitación y mil secretos
Secretos después de la penumbra al descubierto.

Seguí en el letargo profundo e inconcebible
En el absoluto silencio indivisible
Permanecía en mi oscuridad sepultada
Como en el abismo oculto que mis sentidos capturaba
Aun no reaccionaba.

Todo parecía ser parte de un universo paralelo
Cuya rareza principal era lo simple de su complejidad
Pero no bastaba y se perpetuo la duda
Igual no tiene importancia alguna.

Siempre existirá el momento preciso
Aunque su razón no concibo
De permanecer en silencio bendito
Entre el crucifijo, la pared y yo.

(Jeimi Archbold Puente)

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